23 noviembre, 2011

El legado de Carlos Rodríguez Oyarzún. Parte II.





Primera inspección ocular externa:

Comprende, la protección externa e interna, rápida inspección ocular por todo el inmueble, incluyendo patio y construcciones, indagación del ayudante, reanudación de la primera inspección ocular externa.

En la primera inspección ocular externa, el investigador debe encontrar de preferencia el sitio del suceso inalterado, lo que rara vez ocurre. Antes ha llegado el o los que conocieron por primera vez el hecho, familiares, vecinos de la víctima, carabineros, personal de ambulancia. Además un sitio del suceso no siempre es de reciente ocurrencia. Lo que a continuación expreso debe considerarse muchísimo: El jefe del Grupo Policial debe tener la información criminalística suficiente para enfrentarse a un sitio del suceso de homicidio, dar órdenes a sus subalternos, breves, claras y precisas. Tratar de no hacer pesar su autoridad ante otras autoridades de otras instituciones ni ante los peritos, experto en huellas o médico criminalista. El oficial investigador es el que debe controlar el trabajo en un sitio del suceso. Debe en consecuencia, ser competente, porque está capacitado por una escuela formativa nuestra y cursos de perfeccionamiento posteriores o el hábito de su estudio que no debe perder jamás; su propia experiencia adquirida en la labor diaria policial para proteger, hacer fijar, en todas sus formas, recolectar evidencias de cualquier tipo, deducir, inducir, concluir y a falta de un médico criminalista efectuar un reconocimiento externo del cadáver, para finalizar entrevistando, interrogando, porque es su tarea y está especialmente entrenado para ello, ayudado por sus subalternos, también policías, a familiares, relaciones, vecinos, testigos, compañeros de trabajo, de la víctima, sobre todo cuando se está en presencia de delincuentes habituales. No olvidar, el jefe del grupo policial, el oficial investigador, debe ser no el conductor, sino un inteligente y cordial coordinador en un trabajo en conjunto, un trabajo que debe ser ejemplo por lo metódico y sistemático, donde cada cual aporte lo mejor.

Al llegar al sitio del suceso, se anota la hora de llegada, temperatura ambiental, humedad del aire, visibilidad, intensidad y dirección del tránsito vehicular, intensidad del tránsito peatonal. Mientras nos acercamos al inmueble, inspeccionamos todo: calzada, vereda, árboles, arbustos, buscando rastros, indicios, muy rápidamente. Deseamos llegar cuanto antes a la casa o departamento para dar paso a la  “interrupción”. Si en el camino encontramos una evidencia: una bala, por ejemplo, una vainilla, un arma cortante, un arma de fuego, manchas sanguíneas, la preservaremos, la protegeremos cubriéndola con una caja adecuada, cóncava, ya sea de cartón plástico; si está lloviendo, de caucho o de goma. El fotógrafo forense y el perito planimetrista forense si disponen tiempo las fijarán de inmediato o cuando sea oportuno. Esto significa que deseo llegar rápidamente al lugar, por esto se prefiere proteger primero y fijar después porque se puede necesitar con suma urgencia al fotógrafo y al planimetrista y tendrían que abandonar su labor. Comprobaremos si el sitio del suceso está protegido. Si no lo está, mejoraremos esta protección, solicitando más cooperación, impedir la entrada de personas, la salida de ellas, alejar a los curiosos, aislar el sitio del suceso abierto o clausurar el sitio del suceso cerrado para evitar destruir huellas, deteriorar evidencias, cambiar la posición de objetos, muebles, para identificar y retener preventivamente a todas las personas que se encuentren externamente en el sitio del suceso para entrevistarlos posteriormente o interrogarlos, según el caso, separadamente; colocar cordeles si las circunstancias lo aconsejan, que circunden el lugar más expuesto a alterarse, previa fijación. Así debe procederse. Proteger, significa, también, preservar evidencias de actos a terceros: sangre, pelos, fibras, vainillas, balas, armas, impactos y rebotes de balas, externamente en esta primera inspección ocular externa, preguntaremos al carabinero o recurrente o familiar de la víctima o administrador del edificio, vecinos que están presentes en ese instante en la puerta de la casa o departamento, sobre lo ocurrido: día, hora, testigos, etc.

Interrupción: Debemos entrar rápidamente. Solamente protegimos para no demorarnos. Llamaremos al experto en huellas para que nos dé la venia para penetrar al inmueble. Este estudiará la posibilidad de huellas en la puerta, trabajará en ellas, las revelará, las levantará, para su cotejo posterior. Recién podemos pasar en compañía del médico criminalista y del ayudante. También se entra  para fijar después, si las huellas lo permiten.

¿Por qué se hace esta interrupción?

Por lo siguiente, dijimos antes que todo debe trabajarse en orden. Cada paso en el sitio del suceso a su tiempo. En este caso de homicidio, aunque con seguridad ya ha sido comprobada su muerte, es el investigador con ayuda del médico criminalista el que debe comprobarla. Si hay sobrevida, prestaremos socorro oportuno y eficaz. Oportuno, es decir, en el preciso instante; eficaz, es decir que el auxilio produzca un resultado positivo o trate de producirlo. El investigador y el médico criminalista entran solamente a comprobar la muerte. El ayudante en una labor paralela, efectúa la protección interna: no permitirá que entren personas a la casa ni dejará salir las que están en el interior, sin antes identificarlas, entrevistarlas o interrogarlas, separadamente lo mismo que antes. Solamente entonces, las retirará en forma respetuosa.

Cuidará que no se deterioren las evidencias, se alteren, se modifiquen, se borren huellas, se desplacen objetos por actos voluntarios o maliciosos.

Procederá en igual forma que en la vereda o alrededores, al acercarnos a la casa, pero ahora internamente. La inspección ocular la hará rápidamente en cada dependencia, observando lo que pueda interesar al trabajo en el sitio del suceso, protegerlo especialmente si en su avance encuentra algo de interés, con cajas adecuadas...

Continuará...

21 octubre, 2011

El legado de Carlos Rodríguez Oyarzún.




Al comenzar mi carrera de detective, siempre escuché el nombre de una leyenda en la investigación de homicidios: Carlos Rodríguez Oyarzún.

Este recordado sabueso es una de las figuras más importantes de la historia policial chilena, fue un estudioso, metódico y sistemático investigador y activo promotor de la cultura criminalística en nuestro país.

Jefe de la emblemática Brigada de Homicidios Metropolitana y Director de la Escuela de Investigaciones Policiales, fue por años un destacado profesor de ciencias criminalísticas en el alma mater de los detectives nacionales, siendo recordado hasta hoy por sus grandiosas cátedras, sus famosas “reglas de oro” y frases tan potentes como: “la sangre habla”.

Buceando en archivos y bibliotecas de otros sabuesos amantes de la criminalística, encontré un texto del Profesor Rodríguez referido a la investigación del homicidio, que obtuvo una mención honrosa en el concurso literario “Aspectos de interés profesional en la investigación policial”.

Comparto con ustedes la primera parte de este importante legado criminalístico, no sin antes advertir, que pueden existir ciertas imprecisiones derivadas del desfase histórico de la publicación.


PASOS QUE SE SIGUEN EN EL SITIO DEL SUCESO DEL DELITO DE HOMICIDIO.


Un número considerable de nuestros funcionarios, por diversas razones no alcanzan en toda su vida profesional activa, la información práctica necesaria en la labor que debe desarrollarse en un sitio del suceso del delito de homicidio.
Por lo antes expuesto, me permito señalar una pauta de trabajo, la que se puede alterar por razones varias pero permitirá al funcionario, siguiendo los pasos recomendados, desempeñarse correctamente en forma gradual, ordenada, con sistema, con método.

Inicio esta pauta, con un cuadro sinóptico que abarcará nuestro trabajo.

Sitio del suceso del delito de homicidio:

Comunicación.
Preparativos.
Primera inspección ocular externa.
Primera inspección ocular interna.
Segunda inspección ocular interna.
Segunda inspección ocular externa.
Discusión.
Conclusión.
Envío del cadáver al Servicio Médico Legal.

Comunicación: Es el conocimiento del hecho materia de una investigación policial y sus ramificaciones probables. Generalmente es Carabinero de Chile, que toma conocimiento de un hecho y comunica o debiera comunica oportunamente a la Policía de Investigaciones de Chile, previa cuenta al juez del territorio jurisdiccional.

El juez autoriza la concurrencia al sitio del suceso y autoriza también el levantamiento del cadáver y su traslado al Servicio Médico Legal, para la autopsia correspondiente. El investigador que recibe la llamada telefónica de un civil, de otro colega o de un carabinero, anotará la hora, tratará de identificar al informante, comprobará la veracidad de esta llamada, usando la guía telefónica.
Se informará al jefe de la unidad, cuando sea procedente u obedeciendo las instrucciones que éste haya dado para estos fines.


Preparativos: Se ubicará a personal de turno: un perito fotógrafo forense, un perito dibujante planimetrista forense. Una vez en el sitio del suceso se determinará cuales otros peritos pueden actuar: mecánico forense, investigador documental, balístico forense, químico y físico forense, contador forense.

Se hará acompañar, además. De un experto en huellas. Su competencia de huellógrafo, en el amplio sentido de la palabra, es indispensable y un médico del departamento de medicina criminalística. Si no se cuenta con peritos, es el caso de provincias, se aprovechará al máximum la capacidad de los funcionarios, pues todos deben tener la información respectiva.

Se revisa el material a llevar y a emplear de acuerdo al trabajo a realizar: vehículo en buenas condiciones mecánica y eléctrica.

El jefe de del grupo policial se preguntará: ¿diligencia lejana?, ¿cuánto durará? ¿Peligrosa?; ¿armas automáticas?, ¿existirá en este grupo personal adiestrado para su manejo?, ¿el maletín del sitio del suceso tiene los elementos más indispensables? (cinta métrica, linterna, lupa, termómetro, cajas de cartón, de plástico, de espuma, de goma, de diverso tamaño, sobres plásticos, o de papel, de diverso tamaño, tubo de ensayo, tubos de Haller, frasquitos de diverso tamaño, con tapón de corcho o de goma, cinta adhesiva, rótulos, cordeles, bolsas plásticas, guantes desechables, jabón germicida, tijeras, bisturí, hojas de afeitar, algodón, esponja, tiza de varios colores, etc.)…

Continuará…

   













29 septiembre, 2011

EL SHERLOCK DEL SIGLO XXI




El año 1887 se publicó la novela “A Study in Scarlet”, relatando las aventuras y peripecias del detective más conocido y recordado en el mundo: Sherlock Holmes. 

A pesar de los años que han pasado desde la aparición de este célebre investigador de crímenes; las repercusiones y efectos que han generado el relato de sus aventuras, han sido y seguirán siendo un constante aliciente para los amantes de las ciencias criminalísticas y los estudiosos del fenómeno delictual.

La ciencia de la deducción, de la que Holmes fue creador, basa sus métodos en los principios más fundamentales de la lógica y el raciocinio científico; los principales atributos del detective emergían de dicho aspecto. Sherlock se reconocía inteligente, pero no el más, sino que por el contrario, mayor estimación le atribuía a su temperamento a prueba de todo y a su persistente actitud enérgica para buscar indicios, relacionarlos con los diferentes testimonios y con las inspecciones de diversos escenarios del crimen.

Como una suerte de Julio Verne de la narrativa policial, Sir Arthur Conan Doyle, genio creador del detective consultor, instaló en la sociedad inglesa, y sobre todo en el ambiente policial de la época, la meridiana y fundamental relevancia de acudir a mecanismos y técnicas científicas en auxilio de la investigación policial, y así su notable investigador de misterios criminales se desenvolvía sutil y sagazmente en aquellos tiempos, sin embargo, si Sherlock Holmes viviera hoy, si se moviera entre nosotros, de manera natural y corriente, como un ciudadano más… ¿cómo operaría?

Dependiendo de los ingenios y diferentes ensoñaciones literarias que podrían resultar de tal ejercicio reflexivo, podríamos encontrar un Holmes de mil caras, gestos y actitudes distintas, pero si centráramos esas formulaciones a partir de las características más importantes de su personalidad, seguro nos encontraríamos con que el Holmes de hoy, sería un estereotipo del detective de la actualidad; y es que los caracteres más esenciales de su temperamento, encuentran lugar en la definición de los actuales investigadores profesionales.

Este aspecto tal vez, sea la virtud más sorprendente de Conan Doyle, crear hace más 120 años un prototipo de investigador policial, totalmente válido en el actual y moderno sistema de persecución penal.

Chile ha seguido dicha tradición, los detectives nacionales se forman y rigen sus carreras a partir de principios similares, la observación reflexiva, identificación de indicios, relación de evidencia física con diferentes testimonios y el carácter enérgico en la búsqueda de la solución al problema policial, son sus características trascendentales, las que sin lugar a dudas, tendría el Sherlock del siglo XXI.



17 septiembre, 2011

La criminalística, una ciencia mal entendida.




No han sido pocas las ocasiones en que revisando libros y manuales de criminalística, he encontrado una pequeña introducción, generalmente histórica, respecto del desarrollo de las ciencias criminales, y luego, empieza el texto a invadirse con una serie de técnicas y operaciones criminalísticas que, sin lugar a dudas, son de suma importancia, pero que no encarnan en ningún caso el sustrato fáctico que motiva el trabajo del investigador criminalístico.

Estos libros, generalmente, presentan técnicas de fotografía, huellografía, nociones de medicina legal, química forense, etc., pero nunca nos ilustran respecto del real proceso investigativo, del cómo se establece la concurrencia de un delito y se identifica a sus delincuentes.

Y es que de manera muy temprana, y de forma evidente, si aplicamos una perspectiva histórica, se ha desviado el verdadero sentido de la ciencia criminalística, ya que se han concentrado esfuerzos académicos e intelectuales en explicar las técnicas accesorias de la criminalística, pero rara vez se explica su método. Obras como las del célebre criminalista francés Edmon Locard, o la del connotado médico criminalista chileno Luis Sandoval Smart son un claro ejemplo de lo antes señalado. Ilustran de manera sistemática y ordenada las técnicas criminalísticas, nos muestran, pelos, sangre, huellas, pero no explican lo fundamental: cómo se investiga un crimen.

Pero no queremos parecer injustos, es necesario hacer presente, que esta deformación en el entendimiento de la ciencia criminalística puede explicarse a raíz del pretérito alejamiento de las técnicas científicas o el nulo conocimiento de aquellas por parte de los policías en épocas pasadas, dicha situación, la creemos superada, toda vez que las nociones básicas de resguardo de evidencias en la escena del crimen y otras materias similares, se encuentran (a través del cine, series de televisión, literatura, etc.) ya instaladas en el “inconsciente colectivo”.   

Ahora bien, ¿qué pasa hoy?, ¿entendemos que la criminalística es una ciencia?

La tendencia general nos llevaría a responder con un sí, sin embargo, si en el esclarecimiento de un caso no se ocupa una huella, ni tampoco fibras microscópicas o cabellos,  o ninguna de esas aquellas evidencias fantásticas o milagrosas que se han puesto de moda gracias a series televisivas como CSI, la respuesta parece desvirtuarse. 

¿Qué pasa si se resuelve un crimen, con la declaración de dos testigos objetivos, contestes en sus dichos, el reconocimiento fotográfico de uno de éstos y la declaración del imputado confesando los hechos?, ¿tiene validez dicha investigación? ¿se aplicó la ciencia criminalística en la resolución del caso?

La respuesta no podría ser más que un rotundo sí.

Y es que en el ejemplo precedente, lo que primó en la investigación fue la utilización del método criminalístico, y  de técnicas científicas para el tratamiento de los testigos y del imputado.

Pero ¿por qué cuesta creer que esto es ciencia, que es criminalística pura? Bueno, la respuesta puede ser que entendemos mal el concepto de ciencia y creemos que ella sólo se trata de ciertos estereotipos populares.

Uno de esos estereotipos, es que los científicos ocupan siempre bata blanca y trabajan en laboratorios. Se percibe a los científicos como personas que trabajan haciendo experimentos en equipos complicados, con propósitos fantásticos de trascendencia mundial. Es así, que se puede dar crédito de científico respetable a cualquier persona que trabaje en un laboratorio, aunque este sujeto sea poco imaginativo o sólo acumule datos en forma rutinaria.

El segundo estereotipo de los científicos consiste en que son individuos brillantes que piensan, elaboran teorías complejas y pasan el tiempo encerrados, alejados del mundo, concentrándose en sus problemas y teorías elevadas. Así le damos crédito, nuevamente, a este tipo de científico y alabamos su trabajo, aunque a veces carezca de sentido práctico.

El tercer estereotipo equipara erróneamente a la ciencia, con la ingeniería y la tecnología: la construcción de puentes, automóviles o misiles. El trabajo del científico, según este estereotipo, es sólo optimizar inventos y artefactos.

Todas estas nociones del científico, limitan al investigador criminal y lo alejan de la concepción científica que tiene en su esencia la criminalística.

Por lo anterior, es que debemos comprender en todo momento, que la investigación criminal es per se, en la génesis del concepto, investigación científica; aunque los detectives no anden con bata blanca, ni estén todo el día mirando un microscopio.

Entonces, ¿cómo debemos entender la ciencia para concluir que la criminalística es una disciplina científica?

Hay dos amplias visiones de la ciencia: la estática y la dinámica. La estática es aquella que parece influir en la mayoría de la gente, y consiste en que la ciencia es una actividad que aporta información al mundo.

Por otro lado, la visión dinámica de la ciencia, la considera fundamentalmente una “actividad”. El estado actual del conocimiento es importante, pero lo es, en tanto constituye la base para futuras teorías e investigaciones científicas. A esto se le llama visión heurística de la ciencia. La palabra heurística significa “que sirve para descubrir o revelar”.

¿Es la criminalística una ciencia heurística?

¿Es la investigación criminal una manera objetiva, sistemática y metódica de descubrir o revelar un crimen?

La respuesta parece evidente…





*Texto inspirado en el libro Investigación del comportamiento. Métodos de investigación en ciencias sociales. Fred N. Kerlinger y Howard B. Lee. Ed. McGraw-Hill. 4ta. Ed. Santiago.



14 septiembre, 2011

La increíble historia de Eugène François Vidocq. Segunda parte y final.

Los servicios que Vidocq prestaba a la policía criminal le garantizaban la seguridad, pero pronto empezó a encontrarse mal como preso. Las ventajas de que disponía eran insignificantes para no despertar la confianza de los otros presos. Vidocq tenía otra idea de la solución del problema. Quería ser más que un pequeño delator.
Intentaba convencer al comisario Henry de que en libertad podría prestar servicios más importantes a la policía, que los que le había sido posible en su aislamiento local. Henry presentó los planes de Vidocq al nuevo gobernador civil, el barón Etienne Pasquier. El jefe de la policía dio su aprobación.
Al principio del año 1811, se fugó Vidocq durante el traslado de la cárcel al tribunal. Esto era la versión que fue difundida por todas partes. Que la fuga había sido planeada, organizada y realizada con la ayuda del comisario Henry, sólo lo sabían los más estrechos colaboradores del director  de la policía. En su ambiente, Vidocq era considerado preso fugado. Esta era la fuerza de su posición de salida como agente secreto de la policía criminal.
Pocas semanas después de “haber logrado la fuga” a través de intermediarios, que le ofrecían dinero falsificado a precio barato, encontró las huellas de una banda de falsificadores. Gracias a las investigaciones de Vidocq, el comisario Henry pudo detener primero a Watrin y luego a Bouhin y Terrier. Vidocq había permanecido completamente en la oscuridad. Los tres falsificadores terminaron en el patíbulo. El éxito iba a cuenta de Henry. Ningún criminal sospechaba que el “preso fugado” estaba al servicio de la policía y había sido traidor.
Vidocq era uno de los primeros “policías preventivos del mundo”. A través de las informaciones que recibía de primera mano, muchos crímenes podían ser descubiertos ya durante su planificación o preparación.
Su campo de acción creció. Se transformó de un pequeño espía policíaco en un agente de investigación criminal. El comisario Henry le concedió la ayuda de dos funcionarios auxiliares. En 1812, disponía de seis, y en 1817 de doce asistentes. A pesar de las protestas de los funcionarios criminales cintra el creciente poder de un individuo que era perseguido por la vía requisitoria, dentro de la prefectura, la posición de Vidocq se quedó firme. Sus éxitos eran decisivos.



En 1818, Vidocq tenía su “propia” oficina. En la casa número 6 de la rue Sainte-Anne, que salía del Quay des –orfèvres, ocupó con un pequeño grupo cuatro habitaciones del antiguo edificio. Él era su propio amo. Pagaba a sus asistentes según le parecía. La policía ponía a su disposición los medios necesarios en una caja especial.
De esta “Oficina Vidocq” se desarrolló la actual “PJ” -Police Judiciaire-. Con esto, se había creado la auténtica policía criminal secreta, una “Sûreté” como anexo de la prefectura.
Vidocq realizó personalmente todas las investigaciones importantes. La policía actual se sirve sólo en casos muy raros del disfraz. El detective enmascarado y disimulado con maquillaje, peluca y barba falsa pertenece hace tiempo al terreno de lo ridículo. Pero en la época de Vidocq las circunstancias eran muy diferentes. Apenas existían medios auxiliares científicos para el hallazgo de huellas, su aseguramiento y su interpretación. El agente secreto dependía de su habilidad, su picardía y su arte de transformación. Vidocq poseía estas aptitudes en medida extraordinaria. Cambiaba su aspecto exterior mejor que muchos actores en el escenario, y en muchos caminos tortuosos había aprendido a representar una persona distinta con otro carácter, de manera que convencía en todos los papeles. No se conoce ni un caso en el que su arte de enmascararse hubiera fallado.
Se movía en cuchitriles oscuros y en buenas casas burguesas, en semilleros del vicio y en los palacios privados cuyos portales estaban adornados con famosos escudos. Bajo el nombre “Jules” era un visitante bien recibido del “Milieu” (ambiente de los criminales). Como “Monseiur Eugène” ocupaba con su madre y su favorita un bonito apartamento alquilado en la rue Neuve-Saint-François.
Pero los “Officier de Paix”, muy importantes para la administración policíaca, vieron en Vidocq una persona “extraña a su oficio” e indeseable. Los jueces de paz tomaban partido contra el “ya penado”. Pero la mano protectora de la autoridad le defendió.
Las actas policíacas de los años 1810 hasta 1827 muestran una fila inmensa de éxitos suyos. Él unió astucia, alevosía y un valor sorprendente con una decisión que nunca fallaba. Él limpiaba con pocos “confidentes” los más peligrosos cuchitriles de La Courtille. Cazó al fugado preso de las galeras Fossard, que durante años había sido buscado por toda la policía de Francia, encontró las piedras preciosas del joyero Sénard, que habían sido sustraídas de su escondite sirviéndose de la ayuda de una “monja” que, por cierto, veinte años de su vida no los había pasado en la soledad de un claustro sino en las cárceles.
Vidocq, fue un fiel servidor de la policía de Napoleón, siguió siéndolo bajo Luis XVIII. Él era policía, policía criminal, y sólo policía criminal.
Su fama creció. Se pedía su consejo cuando se trataba de aclarar casos especialmente difíciles. Su olfato era infalible.
Cuando se encontraba con el jefe de la policía del palacio real, el marqués de Chambreuil, las pequeñas células grises del cerebro del jefe de la “Sûreté” empezaron a trabajar febrilmente. Vidocq charló un rato con su colega aristocrático. Era curioso. La voz, la postura, los ojos y cuando el marqués se alejó lentamente, desaparecieron las últimas dudas de Vidocq. Era la manera de andar del hombre que había visto con cadenas, entonces -hacía mucho tiempo-, antes del traslado a las galeras.
Vidocq no vaciló. Detuvo al marqués a pesar de las graves protestas. Después del registro de su domicilio que fue realizado con permiso del rey, presentó el material de pruebas contra el falso marqués, quien hábil había sabido hacerse subir de las olas de la turbulenta época, hacia aquella alta sociedad formada de marqueses auténticos, jefes de policías falsos, princesas y favoritas.

Pero las sombras del pasado no se dejaron retener. Sus enemigos intentaron hacerle caer. En las fiscalías en el despacho del gobernador civil, Conde Julien Anglés, y en el Ministerio de Asuntos Interiores se recibían acusaciones contra el forzado, que estaba perseguido por vía requisitoria y condenado a fuerza de ley, Vidocq, Eùgene-François, director de la “Sûretè” de París.

Las altas autoridades no accedieron. Un “Sieur” de Vidocq, juzgado hace más de veinte años, se había fugado probablemente pero había pasado ya mucho tiempo y era imposible realizar unas investigaciones con posibilidad de éxito. Además, el Ministerio de asuntos Exteriores declaró que ignoraba que un tal “Sieur” Vidocq fuera jefe de la policía secreta.
Y oficialmente el ministro del Interior no sabía realmente nada de la “Sûretè”, de Vidocq, la cual, con fundada razón, era un departamento aparte, como lo demostró precisamente la declaración del Ministerio. Oficialmente no existía Vidocq. Pero para hacer más acusaciones contra Vidocq sin razón de ser, al jefe de la “Sûretè” le fueron perdonadas a título de gracia todas sus condenas de aquellos oscuros tiempos de Bicètre y Brest y Toulon. Las sombras del pasado no desaparecían, pero ya no significaban peligro.
Se calculó que Vidocq, por sus extraordinarias capacidades criminalísticas, había conducido a más de cincuenta criminales a la guillotina. Ya no vivía en su modesto apartamento, sino en una casa privada en la rue l’ Hirondelle en la Place St. Michel. Recibía a muchos visitantes poco vistosos e indefinibles, tanto hombres como mujeres. En la vecindad se murmuraba de individuos raros que aparecían a horas intempestivas. Vidocq llegó a ser legendario, aún durante su vida.

Pero al tiempo no se paró. Nuevos personajes ocupaban los altos cargos. Y tenían en su séquito a sus propios protegidos. El siempre misterioso jefe envejecía. No tenía más que cincuenta y dos años peo al principio del siglo XIX con sesenta años ya se era un anciano. Y Vidocq había vivido cien vidas. Cuando por orden del gobernado Guy Delaveau, por motivos insignificantes, se le hicieron reproches, se decidió a presentar la dimisión. El día 20 de junio de 1827, escribió su solicitud para retirarse. Parecía seguro de sí mismo y orgullos, aunque un oído fino habría notado la resignación.
En 1828, Louis Debelleyme fue nombrado prefecto de la policía.
El reorganizaba toda la administración policíaca. Para todos los puestos de importancia los pretendientes, sobre todo lo inspectores y comisarios, tenían que pasar por una sólida escuela especial y aprobar unos exámenes estatales. El nuevo prefecto de policía no valoraba demasiado el trabajo de los secesionistas.
Con su posición como jefe de la “Sûretè” Vidocq había perdido influencia y amigos. Como ya no  se le temía, se podía sospechar de él. Apenas se había cambiado a si villa en Saint-Mandé, cerca de Vicennes, cuando empezó la vigilancia en torno a él. La casa… el costo de la vida… los amores...Todo esto tenía que haber costado una fortuna. Naturalmente, existía una explicación sencilla. Había sido “cobiechado” de criminales, que así se compraban su libertad. Seguramente, habían ido a parar a sus manos muchos objetos robados que no habían sido encontrados.
Un año después de su dimisión, publicó sus memorias. El manuscrito, repasado y corregido por varios correctores, causó un desengaño. Con estas memorias de Vidocq empezó el caudal de historias auténticas, semiauténticas e inventadas sobre él.

El ex poderoso policía fundó una fábrica de papel. No tuvo éxito. En tiempos de la revolución de 1830 a 1831 encontró de nuevo el camino hacia la policía secreta. Pero sus enemigos no descansaban. Vidocq, que ya rayaba en los sesenta, lo sabía y tenía ya nuevos planes para el caso de su dimisión. Casi un cuarto de siglo antes de Pinkerton, fundó una policía privada e hizo colocar un letrero comercial en la puerta de su casa del número 12 de la Rue Cloche.Perse: “Le Bureau des Renseignements. E.-Fr. Vidocq”.
La idea fundamental era una anticipación al futuro y oficial registro central de penales. Vidocq hizo una lista de todos los condenados, y  también otra de los sólo sospechosos. Suministraba a comerciantes, financieros, negociantes y otros interesados informaciones confidenciales.
Sus mejores clientes eran los prestamistas, mejor dicho, los usureros. Aprendía sus métodos, empezó a gustarle este tipo de negocios, y pronto pertenecía a los más duros negociantes de letras de París. Transformó su agencia de detectives en una oficina formal de informaciones generales y aceptó “encargos privados de toda clase”.
Su mejor propaganda eran sus nuevas memorias: “Les Voleurs”. Algunas frases de este libro seguramente están inspiradas por Balzac, que apreciaba a Vidocq a su manera. En el personaje “Vautrin” de una de sus novelas le levantó un monumento imperecedero.

Los policías de la prefectura vieron en Vidocq una peligrosa competencia. El trataba sin formalidades, rápido y con éxito. No estaba sujeto a la ley. Para él no existía ningún delito que tenía que ser perseguido oficialmente”.
La “Sûretè” intentaba a través de sus agentes provocadores obtener material contra Vidocq. No lo logró. El pretexto para registrar la agencia de Vidocq, instalada en los despachos ampliados en la rue Neuve-St. Eustache, lo dio, por fin, el robo de unas actas relacionadas con la defensa nacional. Vidocq fue detenido, pero, después de un breve arresto provisional, el tribunal sobreseyó la causa.
La agencia ocupó más despachos en la elegante  galería Vivienne. Vidocq amplió su negocio usurero hasta las esferas de la alta sociedad. Uno de sus deudores era el duque de Rohan-Rochefort.
Cuando su alteza no devolvió el dinero, Vidocq presentó el pleito. El perdió el proceso. El poder de la alta sociedad era sólido.
 Al primer choque, siguió un segundo. El prefecto había introducido un agente secreto en la agencia. Se construyó un “caso” para matar a Vidocq. La “Sûretè” le detuvo de nuevo y llevó a su molesto competidor a la siniestra cárcel de la “Conciergerie”.
El proceso empezó un año después de la detención y terminó con un veredicto de culpabilidad: cinco años de prisión y tres mil francos de multa por “usurpación, detención ilegal, chantaje y fraude”. Vidocq había caído en la trampa preparada por los funcionarios de la prefectura. Nadie dudó de su inocencia, pero no se pudo comprobar que todo había sido “fingido”. Pero fue absuelto en el juicio de apelación, que tuvo lugar pocos meses más tarde.
La prefectura no quería aceptar su fracaso: Según la ley un ex forzado podía ser desterrado en cualquier momento de París. De modo que la prefectura, casi medio siglo después de la pasada condena, y un cuarto de siglo después de la cancelación legal de las sentencias, dictó la orden de destierro en contra de Vidocq. Pero bajo la presión de la opinión pública y las indignadas protestas de personas importantes, la fiscalía general suspendió el proceso.
Vidocq volvió a su agencia, daba informaciones, realizaba observaciones y vigilancias y muchos otros encargos. Prestaba dinero, cobraba agiotajes, mantenía casado hacía tiempo, relaciones galantes con damas del teatro y de las salas de baile y publicaba nuevos libros.
En 1845, embarcó hacia Inglaterra para fundar una sucursal en Londres. No logró realizar este proyecto. Se cree que Vidocq se encontró en Londres con Louis Napoleón Bonaparte, que se había escapado de la fortaleza Ham y había logrado pasar el Canal Pd. J. Stead recuerda que el príncipe había podido pasar el puesto de los vigilante sin ser conocido, gracias a una madera que llevaba sobre los hombros, como lo había logrado el forzado Vidocq hacía años en Brest…
En septiembre de 1847 murió la esposa de Vidocq, Fleuride.
En noviembre cerró él su agencia de detectives.
En febrero de 1848, los parisienes levantaron las barricadas. Un nuevo gobierno llegó al poder. Y Vidocq apareció de nuevo en los despachos de la “Sûretè”. Él aceptaba encargos políticos confidenciales, viajaba otra vez a Londres. Se puso en contacto con el pretendiente al trono y envió sus informes secretos al gobierno republicano.
Al principio de 1849 regresó a París. Inmediatamente después, el juez instructor dictó en el Tribunal de la Seine, orden de detención contra él, por haber estafado, disfrazándose de sacerdote, a una dama muy atractiva los “Billets-doux” que le había escrito el duque de Valencey. De nuevo Vidocq fue llevado a la “Conciergerie”, pero después de pocas semanas, fue puesto en libertad. El asunto no siguió adelante.
Desde Debelleyme, ocho prefectos habían ocupado el puesto de director de policía. Muchas pequeñas reformas cambiaban el aspecto en detalles, pero ninguna lo transformó fundamentalmente. Gabriel Delessert dirigía la prefectura desde 1836 hasta principios de 1848, el coronel Rébillor se mantenía como prefecto.
Se acercaba el golpe de Estado. El prefecto de policía de Charlemagne de Maupas era partididario del príncipe Louis Napoleón. Después de la última orden dictada por Napoleón, en la noche del 1 al 2 de diciembre de 1851, Maupas mandaba a los 48 comisarios de los distritos policíacos. Se trataba de funcionarios escogidos por su formalidad… y ninguno se negó a traicionar la constitución. Con misiones cuidadosamente repartidas se ponían a trabajar, 2.133 detenciones ahogaban cualquier resistencia contra el pretendiente al trono en su origen. El imperio había renacido.
Vidocq volvió a su casa, pero una intranquilidad interior que por lo visto no supo dominar, le condujo otra vez a la policía. Realizaba encargos de poca importancia, se ocupaba de investigaciones privadas, especulaba, perdía sumas considerables e intentaba asegurar su sustento con solicitudes por recompensas estatales a los servicios prestados por él.
La consolidación de la política interior reportó también una pausa en el cambio de los jefes de policía.
Desde enero de 1852, hasta marzo de 1858, Joachi Piétri ejerció el cargo de prefecto. Era corso partidario incondicional de Bonaparte.
Louis Napoleón, ahora Napoleón III, limitaba cada vez más la excesiva ampliación de la policía estatal, intentada por Maupas. Quizás se acordara de los cuarenta y ocho funcionarios “fieles a la Constitución” que le habían facilitado el golpe de Estado.
En 1853, toda la administración de policía pasó a la prefectura de Paría. Un año más tarde, siguió el prorrateo en “divisiones” y una intensa especialización de los diferentes ramos. Se montaron comisarías en los departamentos y comisarías centrales en las ciudades más importantes. Un grupo de treinta comisarios formaba la policía de los ferrocarriles.
París contaba con más de 800.000 habitantes. En esta masa humana, que aumentaba continuamente y cuya vida diaria ya mostraba las primeras señales de la época técnica, el anciano Vidocq se perdió casi sin dejar huellas. Sólo poca gente de la que le rodeó en los tiempos pasados, se encontraba de vez en cuando con el hombre que, a pesar de su enfermedad, estaba todavía sorprendentemente robusto. Su vida se volvía cada vez más solitaria.
El 11 de mayo de 1857, murió Eugène François Vidocq, a la edad de ochenta y dos años, después de haber recibido humildemente el sagrado viático, él, que toda su vida había sito ateo. Fue enterrado después en una misa rezada en la iglesia de St. Denis, en el pequeño cementerio de St. Mandé.    
        
   

10 septiembre, 2011

La increíble historia de Eugène François Vidocq. Primera parte.

Una de las gratas sorpresas que me ha brindado la biblioteca de mi universidad, es que entre sus miles de textos se encuentra la obra de Frank Arnau “Historia de la Policía” (Título original: Das Auge Des Gesetzes, Ed. Luis de Caralt, 1968). Mientras más reviso el contenido de este libro, más me convenzo de que es uno del los textos más completos y rigurosos en la descripción de ciertos aspectos fundamentales de la policía criminal.

Uno de los contenidos más interesantes, es el dedicado a la historia de la policía francesa, y en particular, a uno de sus grandes artífices “Eugène François Vidocq”.
Con el debido respeto que me merece la obra referida, dejo en este blog, la primera parte del relato que Frank Arnau construye en torno al místico policía francés:
“Entre las comparsas de la historia había un hombre que un día de lluvia del otoño de 1809 se presentó ante el director del departamento criminal de la policía de Paris, el comisario Henry. Después de vacilar durante largo tiempo, dijo su nombre: Eugène François Vidocq.
Al comisario el nombre le parecía conocido. Vidocq… un hombre con antecedentes penales, un penado que se había escapado repetidas veces.
Él buscaba la protección de la policía, porque había sido amenazado por sus colegas profesionales. En compensación, ofrecía sus servicios. Conocía los bajos fondos con sus más ocultos escondites. Estaba dispuesto a salvar su piel, vendiendo la de los demás.
Al comisario Henry la oferta le parecía interesante. Presentó el caso a su jefe, el conde Dubois. El prefecto estaba de acuerdo.
Con esto el criminal Vidocq se hizo agente secreto de la policía criminal. Existe toda una “literatura” Vidocq. Su vida llena tomos. Algunos los escribió el mismo, otros los hizo escribir.


Vidocq, hijo de un panadero, nació el 24 de julio de 1775, en Arras. Se fue al servicio militar, se lució en Valmy, en una borrachera derribó a puñetazos a su sargento, sirvió bajo  diferentes nombres en otros regimientos, se peleó una y otra vez, luchó bajo el General Dumouriez en Jemmapes, desertó y se escapó del pelotón gracias a una amnistía general.
En 1796 fue a parar a la cárcel por haber excitado a la rebelión, estuvo a punto de ser decapitado en lugar de un aristócrata, se escapó gracias a la amante de un terrorista la cual se había enamorado del él, huyó, se alistó bajo el General Vandamme, fue nombrado oficial, se escapó, huyó tras la frontera, en Bruselas se encontró en mala compañía, descendió hasta llegar a ser un rufián, se probó de fullero, fue detenido, engañó a los gendarmes y se escapó, conoció al atracador Labbe, cuya banda llevaba el nombre “Les chauffeurs” (Los Fogoneros), porque torturabana sus víctimas encima del fuego hasta que éstos descubrían el escondite de sus fortunas y, equipado con papeles falsos bajo el nombre de “Rousseau”, ascendía al rango de un capitán, atacaba con merodeadores los cortijos solitarios y acabó en los bajos fondos de París.
Ganas de pelear, celos e impulsos desenfrenados le condujeron de nuevo a la prisión. Se escapó, fue detenido y llevado al presidio de Bicetre y fue, acusado de todos los crímenes imaginables, enviado a las galeras.

En diciembre de 1798, estaba encadenado por el cuello con dos compañeros del mismo destino, en un transporte de presos hacia el puerto de Brest. Pero, a pesar de una vigilancia rigurosa, logró escapar estando ya en el muelle. Pasó como un cargador más, llevando madera a la altura del hombro, tapándose así la cara entre los centinelas, se abrió paso de pueblo en pueblo hacia la costa, y terminó en la tripulación de un pequeño bote de piratas, que infectaba el Canal de la Mancha. La policía le cogió cuando estaban descargando objetos capturados. En 1805, Vidocq fue llevado para trabajos forzados a un barco de casamatas en Toulon.
Tres meses más tarde volvía a estar de nuevo en libertad.
A esto seguía una vida de vagabundo bajo otro  nombre, detención, fuga, amores. Y al final, empezó una vida sedentaria, estableció una pequeña tienda, hasta que en otoño de 1808 le encontraron unos “viejos conocidos”. Él se negó a formar parte en una “empresa” planificada por ellos. Le amenazaban con denunciarle a gendarmería si no le prestaba su choche comercial, por lo menos durante una noche. Él aceptó.
Cuando volvió el cochecito, mostraba huellas de sangre. Un poco más tarde, circulaba la noticia de que un cochero había sido asesinado.
Vidocq vio el peligro. Sólo descubrió una salida: informar al jefe de la policía criminal y como equivalente por haberle hecho la vista gorda, entrar en servicios de la policía. De este modo Vidocq se volvió espía de la policía.

Eugène François Vidocq

Para no despertar la sospecha de los criminales, se hizo detener por varios delitos. Los demás presos se volvieron comunicativos con él al considerarle compañero de destino. Él poseía una excelente memoria y un oído extraordinariamente fino. Sabía leer las conversaciones en los labios de los demás. Cuando había reunido suficiente material, bastaba una mirada disimulada hacia uno de los funcionarios vigilantes, y el preso Vidocq era llevado con las manos atadas “hacia el interrogatorio”…
 Continuará…